Ellas, witches

La encontré en el pasillo antes de entrar a casa. Refugiada bajo su abrigo negro de piel, resaltaban en su imagen unos  pendientes dorados y su cabello rubio.

¡Iba tan elegante! La falda de terciopelo negro asomaba tras el final de su abrigo, y su tacón se dejaba ver en el horizonte de aquella prenda que parecía acariciar su cuerpo. Yo me sorprendí de su elegancia y le dije lo bonita que estaba.

Ella abrió su abrigo para mostrarse por dentro. En su cuello colgaba un collar también dorado, de monedas, que le daba el toque de glamour a la camiseta  negra que cerraba el conjunto. Sonreía ampliamente con sus labios dibujados con carmín rojo, mientras me decía el frío que hacía en la biblioteca.

Con su mochila naranja de backpacker venía de pasar toda la tarde escribiendo. Me la podía imaginar allí sentada, tan elegante.  Podía verla haciendo bailar  su mano izquierda sobre el papel,  con una sensualidad armónica de la que formaban parte sus uñas pintadas de rojo.

La pensaba sentada en medio de aquella sala repleta de libros que tanto había viajado, como ella.  Libros manuscritos con ese olor a papel añejo de tiempos inmemoriales. Olor que embarga y que hace viajar a lugares insospechados. Libros que invitan a sentarse cómodamente en un sillón de piel, al cobijo del fuego de la chimenea, mientras coges uno entre tus manos.

Allí estaba ella, la misma que me encontraba por la mañana, con pelo enmarañado, en Adho Mukha Svanasana. Si, era la misma que con su sonrisa invitaba a la práctica compartida, tan solemne, tan centrada.

Me encantaba hacer yoga con ella, a las 8:30 de la mañana en la soledad del salón de casa. Era un bonito momento compartido, en el que había mucha comunicación sin apenas palabras. Yo podía notar cómo me cuidaba. Movía su cuerpo de manera muy linda, con mucha belleza. Pasaba de una postura a otra con mucho sigilo y delicadeza, y a la vez con mucha determinación y fuerza. Era un equilibrio pulcro el que emanaba de su práctica.

Yo trataba de avanzar en la mía, la veía como una oportunidad esperada para poder llegar a posturas anheladas, a lugares inexplorados por mi cuerpo. Lo sentía como un momento de crecimiento.

La aparición de los chicos nos anunciaba la temporalidad. Ya llevábamos una hora o más, y cerrábamos para seguir con nuestras actividades diarias. Ella entonaba su voz y cantaba un mantra en sánscrito que recorría todo mi cuerpo. Este fue un gran regalo que tuve la suerte de recibir en esta etapa de mi vida. Afortunada.

Witches

Fumándose la vida

 

Ella me recibió en la boca del metro con su cigarro en la mano, anorak negro abultado protegiéndola del frío y unas modernas zapatillas recién estrenadas, a la última moda.

Su pelo recogido en una cola de caballo que caía sobre su espalda le daba un aire juvenil y a la vez una madurez interesante de mujer de revista. La seguí hasta su portal mientras hablábamos de su nueva experiencia maternal.

Ya era madre de un niño. Aun así,  este era el primer embarazo que consideraba conscientemente elegido, con todo lo que ello traía consigo. Por un lado, el reconocimiento de las circunstancias y decisiones sobre el embarazo anterior, y por otro,  la aceptación de la situación actual en la que había afirmado este. Esto lo consideré como una gran hazaña, ya que era un salto en la trayectoria de su historia de vida.

La vivencia de este momento le había permitido ver nuevas formas de embarazo y había identificado vivencias, contextos, circunstancias, deseos, anhelos, etc., que estaban allí y que hicieron de esa vivencia algo único, dotada de ciertas características que había que mirar.

La sensación de impersonalidad, aislamiento y frialdad me llegaba de fuera. Me la trasmitía ese barrio aislado de la periferia catalana en el que se encontraba el hogar que me acogería. Tras pasar el patio “chic” con piscina comunitaria, subimos a su hogar. Allí nos recibió un silencioso parquet, cuadros y sofás grisáceos de última tendencia. El padre acunaba al hijo cuando ella lo cogió para acostarlo mientras yo comía un bocadillo de jamón.

Volvió con aires de matriarca, gestora de su hogar y de su familia, rebelde nocturna cigarro en mano.  Me encantó verla, llegar a esa casa familiar y encontrarme en un lugar en el que se respetaba mi espacio y me mostraban el suyo.

Al día siguiente en  nuestro bis a bis pude ver sus miedos y sus alegrías, nuevas miradas hacia otros lugares. La incomprensión de la economía doméstica  – y con ella la de los afectos-, las decisiones personales y las posibilidades de cambios. Mujer atravesada por limitaciones relacionadas con la maternidad,  la economía, y  los conflictos propios de su existir como humana, en un mundo aparentemente ordenado.

 

«Hogares» a cambio de risas

Cuando reía todo lo de alrededor vibraba con ella. Nadie podía resistirse a su risa. Algunas se reían con ella, otras la miraban tratando de contener el mensaje activo en sus mentes de “ésta está loca”, otras sonreían con envidia de su gran energía. Nadie quedaba indiferente ante su risa.

 

Era un otoño frío, aun así, el día de su boda llevaba un vestido sin mangas, blanco, muy blanco. Puro, muy puro. Sus dos hijos la seguían a todos lados. Uno de ellos no paraba de llorar.

Al día siguiente todo siguió su curso. Valoración de la fiesta, apertura de regalos, sobres y vuelta a cambiar pañales.

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