«Hogares» a cambio de risas

Cuando reía todo lo de alrededor vibraba con ella. Nadie podía resistirse a su risa. Algunas se reían con ella, otras la miraban tratando de contener el mensaje activo en sus mentes de “ésta está loca”, otras sonreían con envidia de su gran energía. Nadie quedaba indiferente ante su risa.

 

Era un otoño frío, aun así, el día de su boda llevaba un vestido sin mangas, blanco, muy blanco. Puro, muy puro. Sus dos hijos la seguían a todos lados. Uno de ellos no paraba de llorar.

Al día siguiente todo siguió su curso. Valoración de la fiesta, apertura de regalos, sobres y vuelta a cambiar pañales.

Él trabajaba en la misma empresa desde hacía veinte años. Su puesto no era de mucha responsabilidad, aunque su salario era uno de los pocos que había ido creciendo a fuerza de agarrarse a horas extras, trienios y legislaciones que no se aplican a las nuevas generaciones. Ella tenía más formación que él y, aunque trabajaba en puestos de mayor responsabilidad, su salario en ningún momento se vio igualado al de su marido.

Esto, en teoría, no suponía ningún problema. Entre los dos tenían más que suficiente para pagar su alquiler en Nou Barris, y para sus salidas de fin de semana de ruta al campo. En la práctica, la diferencia de salario era una parte de la ecuación importante. Muchas horas invertidas en el trabajo para mantener este salario, implican, pocas horas invertidas en el cuidado de los niños y en las tareas del hogar. Llego cansado, no tengo tiempo, turnos dispares. Una sensación de poder y más capacidad de decisión.

Ella dejó de trabajar para cuidar a sus dos hijos. No le compensaba. Si seguía trabajando tenía que contratar a alguien. Si lo dejaba, ella podía estar con sus hijos. Se lo podían permitir con su salario. ¿Y con el de ella? No, era más bajo. ¿Suficiente para vivir? No sabemos, era más bajo. Lo dejó por un tiempo. Así que las tareas del hogar y los cuidados pasaron a ser su trabajo. Su tiempo se consumía en esto. Aquí ya no había separación de tiempos, espacios, trabajos, ocio.

Él iba al gimnasio algunos días. Tranquilo. Ella salía a caminar o a tomar un café con sus amigas, algunos días (menos que él). Nerviosa. Él la llamaba cuando los niños no paraban de llorar. Ella los entendía mejor. Él pasaba poco tiempo con ellos.

Ella se reincorporó al trabajo en jornada parcial. Respiró. Salió un poco del hogar. Tenía nuevos espacios de expresión, nueva gente a la que conocer. Volvía a casa y las tareas del hogar se le acumulaban. Él cocinaba (cuando tenía tiempo), bajaba la basura y llevaba las gestiones económicas del hogar.

¿Equilibrio? Sólo ellos sabían si estaban en equilibrio.

Cuando me la encontré estaba eufórica, bella, radiante. Hacía mucho que no estaba con un grupo de amigas, y podía hablar tranquila. Sus hijos estaban en casa de sus padres. Se tomó una copa, sólo quería ir a bailar. Él la miraba, ella lo miraba. Se fueron a casa, los dos, para no sobrecargar a sus padres, pues sus nietos no eran su responsabilidad.

CC BY-NC-SA 4.0 «Hogares» a cambio de risas por FeministasCotidianas está licenciado bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Author: AnaVR

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