Mujeres y Yoga

Entrevista a la directora y profesora del centro de yoga Satya. Mónica Cambra Granados

Esta entrevista nace de nuestro amor al yoga y de nuestro interés en la vida de las mujeres.

  • Si yo te digo las palabras “mujeres” y “yoga”, ¿qué conexión haces entre ellas?

El yoga está muy vinculado a las mujeres en cuanto que es una forma que tenemos de sentirnos, de escucharnos, de amplificar nuestras cualidades como mujeres sabias, de soltar la tensión que a veces agarramos y no sabemos soltar, de volver a estar en un estado relajado, sin actividad, sin multitarea.

Sobre todo me conecta mucho a lo que sentimos que hay más allá y que de alguna forma intuimos, pero que hasta que no ponemos en orden todos esos pensamientos, emociones y emotividad, nos cuesta sentir y ver. Entrar en contacto conmigo a través del yoga.

  • ¿Podrías describir cuál es tu relación actual con el yoga?

Vivo con el yoga, vivo del yoga y vivo para hacer yoga. Yo soy la directora de una escuela de yoga en Castro Urdiales y además imparto ahí clases de yoga y meditación. Para mí el yoga y la meditación están íntimamente ligados. Para mí creo que la meditación es, desde mi punto de vista, lo que ancla el aprendizaje del yoga.

Para mí es muy importante vivir con coherencia aquello que enseño. No únicamente desde la mente sino desde la experiencia vivida, para mí vivir con yoga va mucho más allá que vivir del yoga. Y vivir del yoga es tener como horizonte los principios que el yoga nos traslada. Los principios de verdad, autenticidad, de no herir, de ser justas, de ser compasivos, de ser amorosos, primero hacia uno y después hacia el mundo.

Todo esto es importante en mi día a día y ahora que soy madre aún más. Porque es muy importante lo que se va integrando dentro de uno mismo y lo que vamos trasladando a las siguientes generaciones. Y más yo que tengo una niña y que para mí eso aún más importante trasladarle esa fe y ese conocimiento de sí misma, para que se ame siempre.

Imagen de Pixabay. Photos-Free
  • ¿Qué es lo que te aporta el yoga?

Me aporta tantas cosas… Me aporta serenidad, en un momento de mi vida en que estoy muy a flor de piel. Mis emociones brotan sin que yo a veces pueda poner filtro. Pero reconozco que, aunque es así, estoy mucho más tranquila que en otros periodos de mi vida.

Me aporta sobre todo horizonte, perspectiva. Es como una compañera de viaje. Me da un montón de herramientas que puedo utilizar en mi día a día. Tanto para parar mi pensamiento caótico en algunas ocasiones, para tomar consciencia de la grandeza de la vida, para permitirme entrar en mi pozo profundo porque también forma parte de mí. Incluso para empezar a abrazar esa parte que menos me agrada de mí misma y que tanto he rechazado durante mucho tiempo. Así que yo le estoy profundamente agradecida al yoga y a todas sus prácticas

  • Según tu experiencia, ¿asisten igual número de mujeres que de hombres a yoga? En caso de que la respuesta sea no, ¿podrías explicar por qué ocurre esto?

Según mi experiencia acuden muchas más mujeres que hombres. En mis clases, la clase que más hombres he tenido al mismo tiempo creo que han sido 3, de unas 10 mujeres, aproximadamente. Tanto en hombres jóvenes como mayores la proporción es baja.

Sí que es verdad que el yoga está teniendo mucho auge en el mundo del deporte. Los hombres deportistas se están incorporando al mundo del yoga a través de los beneficios que les aporta desde el punto de vista deportivo. Pero bueno, mi experiencia no es esa, mi experiencia es que siguen acudiendo muchas más mujeres.

¿Por qué?

Pues la verdad es que esto puede ser en base a mis juicios, pero yo creo que el yoga empezó a extenderse como una gimnasia suave, empezó a conceptualizarse en nuestro país como una gimnasia suave. Como algo que era para gente que no estaba nerviosa. Entonces, de alguna manera, los hombres no se sentían atraídos por algo tan pasivo, desde mi punto de vista es esto, eh?! Yo creo que cuando se han ido incorporando estilos de yoga más activos, más exigentes para el cuerpo, con menos hincapié en la meditación, en la emoción, los hombres se han sentido más cómodos. Pero, yo creo que es por el desconocimiento de lo que en realidad es el yoga, como conjunto.

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Y por otro lado, creo que las mujeres estamos más abiertas al mundo de la espiritualidad que los hombres en este momento actual. Y creo que esto también influye. Y determinados mensajes que se dan en clase de yoga a veces pueden hacer que los hombres dejen de venir si están acudiendo. Bueno, esa es un poco mi experiencia.

  • ¿Qué tienen en común las personas que van a yoga?

Yo creo que lo que tienen en común las personas que vienen a yoga es que dentro de sí mismas sienten que se puede estar mejor. No saben cómo definirlo. Hay personas que te dicen que quieren estar más tranquilas, otras personas que te dicen que quieren vivir sin dolor, otras personas te dicen que quieren aprender a parar su pensamiento, pero para mí el punto común es que saben que se puede estar mejor y creen que el yoga les puede ayudar.

  • ¿Podrías identificar algún patrón común de lo que buscan las mujeres en su primer acercamiento al yoga?

Una pauta común de las mujeres en su primer acercamiento, pues mira, quizás, no sé si esto ocurre en todos los centros o tipos de yoga, pero… en mi forma de impartir yoga me encuentro con mujeres que necesitan ser escuchadas, muchísimo.

Yo abro un espacio a que los alumnos expresen y compartan aquello que sienten en base a lo que estamos impartiendo ese día. Podemos hablar de amor propio, de emociones, de enfado, y me doy cuenta de que las mujeres sienten mucha soledad y que no tienen un espacio donde expresar lo que sienten a nivel profundo y no tienen una escucha activa por parte de los demás. No tienen una escucha sin juicios por parte de los demás. Mi experiencia es que necesitan esa escucha activa y sin juicios, sentir esa libertad de compartirse con lo que sienten.

  • ¿Puedes identificar algo que tienen en común las mujeres que van a yoga ya durante un tiempo?

Para mí la diferencia entre las mujeres que comienzan y las que llevan mucho tiempo, o las que llevan ya un tiempo, es que las primeras están en lucha interna, están enfadadas, noto mucho enfado. Cuando reciben los mensajes siento tensión en sus rostros. Incluso alguna que se atreve me intenta discutir el discurso de que no es posible vivir mejor, de que no es fácil, de que lo que digo está muy bien, pero eso llevarlo a la vida de cada una no puede ser.

Las que llevan ya un tiempo, siento que han ido integrando la responsabilidad en sus vidas, han ido transformándola han integrado este tipo de mensajes de amor propio y buscan su espacio. Buscan ese tiempo para sí mismas, para cuidarse, para mimarse. Ellas saben que les sienta bien y saben que se merecen sentirse bien. Entonces yo creo que van más allá de esa búsqueda de tranquilidad, o de expresión emocional o de escucha. Ya es algo más interno y propio. Y también es una forma de comunicarse consigo mismas, que me parece muy importante, ¿no?

  • ¿En qué piensas que ayuda el yoga a las mujeres?

Bueno, creo que podríamos recuperar un poco todo lo dicho anteriormente en cuanto a que es un espacio, desde mi punto de vista, donde poder conocerse sin clichés, escucharse, sentirse sin riesgo. Es también, desde mi punto de vista, una práctica psicofísica que no hace, por lo menos el yoga como yo lo entiendo, discriminación en función del cuerpo que tengas.

Es decir, el yoga lo puede hacer todo el mundo. Con un cuerpo fino, grueso, alto, bajo, con poca elasticidad, con mucha elasticidad, con las caderas anchas, con las caderas estrechas.

Imagen Pixabay. Shushipu

Yo siento, que a medida que las mujeres acuden a yoga se dan cuenta de este punto. Quizás al principio, pueden mirar y compararse tanto en cómo se hacen las posturas como en los cuerpos. Pero después, creo que la mirada es mucho más hacia dentro que hacia fuera, y eso siento que es muy nutritivo para nosotras como mujeres.

  • ¿Piensas que las mujeres transgreden algunos de los roles tradicionales tras su conexión con el yoga? ¿y los hombres?

Yo creo que en cierto modo sí. Por un lado, por esto que estoy diciendo. Esa mirada hacia el cuerpo ajeno y al cuerpo propio cambia. Porque pasamos de mirar el cuerpo como una mera forma estética a mirar el cuerpo como un vehículo que es interesante que esté sano para tener una vida agradable. Pienso que las mujeres que vienen regularmente a yoga van desarrollando un sentido de pertenencia al mundo que les rodea mucho más fuerte, mucho más seguro. Se plantean cuestiones que quizás han aprendido culturalmente y las ponen en duda, cosa que me parece muy interesante. Y sobre todo, esa escucha y esa expresión hace que puedan generar otros patrones de relación con otras mujeres. No tanto desde lo que está socialmente aceptado sino desde lo que cada una es en cada momento. Y eso me parece fascinante.

Y los hombres que vienen a yoga, pues también pienso que están transgrediendo los roles. Creo que están todavía en un lugar mucho más inicial que las mujeres. Pero creo que también están buscando que se despliegue la sensibilidad que tienen, sentirse, entrar en contacto con esas emociones que les han dicho que no podían sentir. Entrar en contacto con su vulnerabilidad. Escuchar lo que tiene que decir la mujer. No desde un punto de vista combativo sino constructivo. Bueno, creo que sí, creo que se transgreden ciertos roles, la verdad. Me parece muy interesante.

  • Cuando se habla de feminidad y masculinidad en el yoga, ¿qué significado tiene?

Cuando hablamos de feminidad y masculinidad en el yoga hablamos de aspectos energéticos y digamos que no van ligados a los hombres y las mujeres. Sino que desde el Hatha yoga, que es lo que yo practico y enseño, el ser humano es un ser integral con el aspecto masculino y femenino integrado en sí mismo.

Imagen Pixabay. OpenClipart-Vectors

Tanto mujeres como hombres tienen ambos aspectos dentro de sí.

Me parece importante hacer hincapié en que los aspectos femeninos como la intuición, la sutileza el frío, lo abstracto no son exclusivos de las mujeres, ni siquiera a veces preponderantes.

Los aspectos masculinos, energéticamente hablando, como el aspecto lógico, el cálculo, lo racional, el calor, la acción, la toma de decisiones, no son exclusivamente de los hombres, ni siquiera preponderantemente de los hombres porque se denominen masculinas.

Lo importante de esta teoría es comprender que el yoga nos ayuda a equilibrar tanto los aspectos femeninos como los aspectos masculinos en cada uno. Porque desequilibrados no son saludables. Entonces es interesante tener una mirada hacia nosotros mismos con honestidad y ver qué aspectos estamos desarrollando más y cuáles estamos adormeciendo más.

Sin querer nuestra mente cuando hablamos de lo masculino y de lo femenino se va a lo establecido culturalmente por la mujer y para la mujer y por el hombre y para el hombre. Pero me parece importante darle esta vuelta nueva de tuerca y comprender que somos un todo y en todos está todo. Y es maravilloso que podamos ayudarnos a desarrollar lo que nos falta y lo que nos sobra mostrarlo.

  • ¿Algo más que quieras añadir sobre el tema?

Yo reconozco que a mí como mujer el yoga me ha ayudado mucho a establecer límites. A darme cuenta que ser buena persona no implica que permita a los demás tener más espacio que yo. Que permita a los demás cubrir sus necesidades antes que las mías. Sino que, puedo cuestionarme qué es ser buena persona, porque quizás me lo han trasladado y me han hecho creer desde lo que ellos sabían en su momento que era para que no molestase. Y sí que veo en mí esa construcción de lo que es asertiva de lo que es bueno para mí.

Cuando yo estoy bien, estoy tranquila, soy capaz de compartirme desde ese bien y desde esa tranquilidad. No tengo que compartir más, y no tengo que quedarme con más. Porque ya soy capaz de darme todo lo que necesito. Y ahí es donde me ayuda el yoga.

Si cada día paro, cada día me escucho, cada día respiro, cada día reacciono menos, y me hago más cargo de mis emociones. Si cada día soy capaz de darme cuenta del caos de mi pensamiento y a veces dejarlo estar u otras veces calmarlo voy construyendo el tipo de persona que quiero ser y que me hace feliz ser.

Así que muchas gracias por esta entrevista. Porque cuando me planteo estas cosas me hace conectar y darme cuenta con lo que está dentro de mí.

Imagen cedida por Mónica Cambra Granados

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Receta para encontrarme a mí misma

Se podría decir que encontrarnos con nosotras mismas puede llevarnos toda una vida. Puede que esa sea una de nuestras misiones en este mundo, conocer quién somos, reencontrarnos con ese yo que quizás hemos perdido por el camino.

Si vivimos como respiramos, tomando y soltando, no podremos equivocarnos.

Clarissa Pinkola Estés. «Mujeres que corren con los lobos»

Hay días en los cuáles sentimos de manera especial que no nos reconocemos. Nos echamos de menos a nosotras mismas. Esos días necesitamos parar y mirarnos.

Hay una receta que te puede servir para esos días de sensación de pérdida y de tristeza.

Ingredientes

  • Una habitación propia para ti en ese momento.
  • Calma
  • Un papel
  • Un lápiz-boli
  • Un poco de música o un poco de silencio

Quédate un momento en silencio, sin hacer nada, sentada de forma cómoda y con algo que te haga sentir arropada. Trata de conectar con tu niña interior. Con esa niña que fuiste un día y que te acompaña. Quédate ahí un rato conectando con esa parte tuya.

Cuando te sientas con ganas coge el papel y el lápiz y escríbele una carta a esa niña que se siente perdida y que quiere encontrarse a sí misma. Escríbele una carta desde tu “yo” adulta. Dale tu apoyo y trasmítele que siempre estarás con ella. Pon en esa carta aquellas cosas que tú sabes que esa niña tiene, acoge su luz y su oscuridad. Muéstrale aquello que la hace única y también aquello que quiere dejar porque ya no le sirve, ayúdala a despedirse de esa parte.

A veces hay que soltar para caminar más ligeras

Cuando termines la carta, guárdala en un sobre. Mándatela por correo o déjala cerrada y un día que lo necesites, ábrela. En ocasiones, cuando nuestra “yo” adulta habla con nuestra “yo” niña podemos ver cosas que nos ayudan a encontrarnos. Nos ayuda a vernos y a dejar de lado aquello que nos dificulta en contactar con nosotras mismas.

La autoestima de las mujeres

“Desde hace varias décadas, mujeres de todo el mundo han planteado la necesidad de reparar heridas y eliminar los sufrimientos provocados […]. Esta conciencia y el anhelo de sentirnos bien aquí y ahora, y de extender para todas lo que ya tenemos algunas, son signos de la causa feminista de las mujeres” (Marcela Lagarde 2000, 13)

El libro de Marcela Lagarde “Claves feministas para la autoestima de las mujeres” (2000) es uno de esos libros que  me dejó huella. Y me he dado cuenta de ello porque en muchas de las conversaciones que tengo con mujeres aparece la palabra «autoestima» y echo mano de la idea de esta autora de “sincretismo de género” para poder ponerle nombre a ese exceso de cosas que confluyen en ellas-nosotras en el día a día. De ahí que quiera referirme a él en este artículo.

La idea de empoderamiento (empowerment) de las mujeres traída del mundo anglosajón occidental empezó a tomar fuerza en España en la primera década del siglo XXI, aunque ya comenzara a usarse en los años noventa dentro de los contextos de los feminismos. Se institucionalizó y fue usada desde la ONU hasta el Banco Mundial, en espacios de cooperación, etc, fue bajando hasta nuestros ayuntamientos y asociaciones. En estos momentos está totalmente establecida. Ha tenido una acogida , ha calado. Aun así ha sido muy discutida desde los feminismos, la forma de institucionalizarse, de usarse.

Esta idea de «empoderamiento» conecta con la idea de que el poder se da. Sería dar el poder a las mujeres. Por ello ha sido controvertida. Por un lado, si hay que darle el poder, el poder lo tiene alguien, en qué esferas lo tiene y quién lo da a quién. Por otro lado, las mujeres tienen poder, ellas pueden. No lo han podido manifestar en muchas esferas. ¿Se les quitó el poder? Poder sobre sus vidas.  El poder ser.

De forma que, quizás la palabra empoderamiento no expresa bien  la complejidad. El hecho final sería que las mujeres tomen y sean conscientes de su responsabilidad sobre sus vidas. De esta forma, harían uso de su poder para construir aquella vida que ellas quieran, en función de lo que la vida les da, lo que hay, su aquí y ahora.

La autoestima está muy relacionada con esa idea de responsabilizarse. Si yo no me estimo a mí misma,  me quiero/me amo, no puedo hacerme responsable de mí y no podré utilizar mi poder para crear y (poder) ser.

 “La autoestima es el conjunto de experiencias subjetivas y de prácticas de vida que cada persona experimenta y realiza sobre sí misma. En la dimensión subjetiva intelectual, la autoestima está conformada por los pensamientos, los conocimientos, las intuiciones, las dudas, las elucubraciones y las creencias acerca de una misma, pero también por las interpretaciones que elaboramos sobre lo que nos sucede, lo que nos pasa y lo que hacemos que suceda.Es una conciencia del Yo en el mundo, y por ende, es también una visión del mundo y de la vida.” (Lagarde 28)

Y si las estadísticas (que siempre vienen muy bien en estos casos) y nuestras conversaciones cotidianas nos dicen que la autoestima de las mujeres está un poquito floja, pues algo pasa.

Fuente: Samuel D. Gosling et al. 2016, pp.402

La autoestima (eje vertical) parece ser que se refuerza con la edad (eje horizontal), y que depende de la cultura y del género (mujeres están representadas por la línea continua y los hombres por la línea discontínua). En el artículo encontraréis todo el análisis sobre esto, con todos los matices y las reflexiones.

El punto que queremos abordar aquí en relación al libro de Lagarde es que esa falta de autoestima está conectada, entre otras, con lo que ella nombra como “sincretismo de género”.

De manera sencilla y escueta, este sincretismo haría referencia a que en el día a día, las mujeres contemporáneas vivencian las normas, roles, estereotipos, creencias en torno al género más tradicionales, heredadas de sus ancestras/os. Al mismo tiempo que se crean desde los “nuevos” mandatos de género. Esto las lleva a una sobrecarga, a una pérdida de ellas mismas.

Encontramos de esta forma desvalorización, inseguridad, temor, dependencia de los otros. Además, se produce una competencia con las semejantes, una adaptación a la cosificación que se exalta. Y al mismo tiempo que está en ellas la seguridad, la autovaloración en las capacidades y habilidades propias, como valores más contemporáneos (Íbid 36).

“Si, yo puedo. Tengo una empresa y soy socia en otras dos. Aun así, cada vez que ven a mi marido más delgado me miran a mí. Yo me siento responsable de su alimentación, aunque no cocine, sigo sintiendo la carga. Sé que valgo y al mismo tiempo me siento una mierda.”

¡¡Escisión vital!! (Íbid 37)

Cuidadosas, dulces, amables, débiles, para los otros. Al mismo tiempo, guerreras, autónomas, independientes, resolutivas, valientes.

Todas las personas somos todo. Desde el punto de vista de la energético, todas las personas tienen energías a las que hemos llamado femeninas y masculinas. De forma que toda esa confluencia estaría en todas las personas.

La cosa es que no se ha aprendido a reconocer cómo se presentan esas energías en nosotras, en qué momento están, para qué las necesitamos, etc.

Esto en las mujeres se pone de manifiesto de ciertas formas comunes (al igual que los hombres en otras formas) por toda una historia y experiencia vital que ha sido compartida y confluye en ciertos rasgos, como el de la autoestima.

¿Qué hacemos con esto? ¿Cómo mejora la autoestima de las mujeres desde un punto de vista colectivo?

En el libro de Marcela Lagarde se dan herramientas para esto. De manera general propone encontrarse, hacer grupos de trabajo, darse tiempo para mirarse, sororidad.

“Grandes avances de las mujeres y del mundo contemporáneo sería impensables sin la confabulación íntima de las mujeres. Mientras más íntima y más crítica, más contundente ha sido la acción política feminista creativa” (Íbid 67).

Por lo cual, aprovechad el verano para juntaros con vuestras amigas, madres, primas, hermanas, abuelas. Reíros, sentiros, cuestionaros y acogeros. Contribuid a que “cada mujer vaya elaborando sus propias opciones y alternativas de vida en correspondencia con sus claves vitales descifradas” (Íbid 69).

Para un primer “chequeo” de autoestima, de manera honesta con nosotras mismas, Lagarde propone hacerse estas preguntas:

  • ¿Qué constituye a elevar tu autoestima y qué a bajar tu autoestima?

  • ¿Qué cosas valoran las/os otras/os de tu persona y qué cosas señalan como defectos?

  • ¿Qué cosas valoras de tu persona y qué cosas te parecen defectos?

 

¡Ahora vete con tus sores y comparte!

Bibliografía:
Lagarde y de los Ríos, Marcela (2000). Claves Feministas para la autoestima de las mujeres. Madrid: horas y HORAS.
Gosling, Samuel D. et. al (2016). "Age and Gender diferences in Self-Esteem - A Cross-CulturaL Window". Journal of Personality and Social Psychology, vol 111, n.3, pp. 346-410

 

“Yo me lo guiso y yo me lo como”. Experimentando el mundo de las emprendedoras y autónomas.

Mucho he oído durante mi vida la frase “yo me lo guiso y yo me lo como”. Ahora, con mi aterrizaje forzoso en el mundo laboral de las autónomas esta frase está cobrando mucha presencia.

Cuando comienzas a prestar atención a algo, esto empieza a tener presencia en todos los lugares y momentos. De ahí que ahora vea y escuche por todos lados muchas historias sobre emprendedoras y sobre la situación laboral de autónomas.

Las escuchas y observaciones las paso por mi cuerpo que encarna esta situación. De ahí que aparezcan en mi mente muchos pensamientos y que reaccione mi cuerpo con diferentes emociones cuando las escucho, las veo, las vivencio.

A ser autónoma he llegado porque se cerraban otras puertas y era esta la que tenía que abrir. La vida me trajo hasta aquí. Al abrir esta puerta me estoy encontrando muchos miedos. Esos miedos vienen de muchos lugares, están anclados en creencias que me limitan (algunos ya se han ido). Esto me demanda de un trabajo simultáneo personal/profesional (todo mi yo).

¡Acción!

Me estoy encontrando un aparato burocrático que demanda de muchísimas herramientas y conocimientos, lo que ha generado toda una cartera de profesionales (€) para dar respuesta a esas obligaciones legales. En caso de no poder acceder a esa red de profesionales por falta de, hay que conectar con las redes.

Estoy conociendo muchos proyectos y a muchas mujeres detrás de esos proyectos, muchos de ellos alucinantes. Y empiezo a escuchar, ver y experimentar. Ellas guisan y se lo comen. Ellas cocinan y limpian la casa en sus descansos del ordenador. Ellas amamantan a sus criaturas en el espacio de trabajo. Volviendo a la disolución de los espacios reproductivos y productivos.

Muchas cuestiones aparecen con esta “autonomía”

Cada día constato la dificultad y el placer del trabajo individual, la necesidad de las redes. Redes creativas, redes emocionales, redes de conocimiento. Se pone en evidencia la importancia de recursos públicos de asesoramiento y apoyo. Se comienzan a materializar redes que me van dando respuesta a las necesidades que se me van presentando.

Para mí las redes son fundamentales para salir adelante. Aun así, las redes en este mundo loco, en ocasiones tienen un exceso de trabajo, un defecto de tiempo, y una necesidad grande de parar. De manera que a veces, el guiso lo tengo que hacer sola.

La vida me está empujando a aprender a cocinar mi proyecto. A veces no encuentro los ingredientes, no los conozco y no sé dónde comprarlos. Aun así, sé que las redes físicas y virtuales están ahí.

A veces me canso de cocinar, tengo hambre y no hay nada sabroso, aun así, como (“yo me lo guiso y yo me lo como”). También dejo mi guiso a disposición de otras personas para que lo prueben (“yo lo guiso y vosotras os lo coméis”). A veces me como parte de los ingredientes por separado, para poder ir tirando (“no guiso, pico algo”).

A veces, sólo a veces, grito, lloro, siento rabia y tristeza delante de la olla porque no sé cómo mezclar, o porque no me sabe bien. A veces me encanta cocinar sola, otras veces quiero compartir la cocina con otras personas mientras bebo una copa de vino.

Estoy aprendiendo a cocinar mirando a las que cocinan muy bien (“vosotras lo guisáis y yo me lo como”). Por ahora estoy sola en mi cocina, aunque la cocina está abierta y espero que poco a poco pueda cocinar con más personas (“nosotras nos lo guisamos y nosotras y vosotras lo comemos”).

Una de las cosas que ha llamado mi atención, es que, algo que se ve tan claro en el mundo empresarial: «que hemos de aprender a cocinar (crear tu proyecto o aprender para formar parte del proyecto de otras personas) para poder comer», todavía no llega a verse claro en el espacio del hogar.

Ellas, witches

La encontré en el pasillo antes de entrar a casa. Refugiada bajo su abrigo negro de piel, resaltaban en su imagen unos  pendientes dorados y su cabello rubio.

¡Iba tan elegante! La falda de terciopelo negro asomaba tras el final de su abrigo, y su tacón se dejaba ver en el horizonte de aquella prenda que parecía acariciar su cuerpo. Yo me sorprendí de su elegancia y le dije lo bonita que estaba.

Ella abrió su abrigo para mostrarse por dentro. En su cuello colgaba un collar también dorado, de monedas, que le daba el toque de glamour a la camiseta  negra que cerraba el conjunto. Sonreía ampliamente con sus labios dibujados con carmín rojo, mientras me decía el frío que hacía en la biblioteca.

Con su mochila naranja de backpacker venía de pasar toda la tarde escribiendo. Me la podía imaginar allí sentada, tan elegante.  Podía verla haciendo bailar  su mano izquierda sobre el papel,  con una sensualidad armónica de la que formaban parte sus uñas pintadas de rojo.

La pensaba sentada en medio de aquella sala repleta de libros que tanto había viajado, como ella.  Libros manuscritos con ese olor a papel añejo de tiempos inmemoriales. Olor que embarga y que hace viajar a lugares insospechados. Libros que invitan a sentarse cómodamente en un sillón de piel, al cobijo del fuego de la chimenea, mientras coges uno entre tus manos.

Allí estaba ella, la misma que me encontraba por la mañana, con pelo enmarañado, en Adho Mukha Svanasana. Si, era la misma que con su sonrisa invitaba a la práctica compartida, tan solemne, tan centrada.

Me encantaba hacer yoga con ella, a las 8:30 de la mañana en la soledad del salón de casa. Era un bonito momento compartido, en el que había mucha comunicación sin apenas palabras. Yo podía notar cómo me cuidaba. Movía su cuerpo de manera muy linda, con mucha belleza. Pasaba de una postura a otra con mucho sigilo y delicadeza, y a la vez con mucha determinación y fuerza. Era un equilibrio pulcro el que emanaba de su práctica.

Yo trataba de avanzar en la mía, la veía como una oportunidad esperada para poder llegar a posturas anheladas, a lugares inexplorados por mi cuerpo. Lo sentía como un momento de crecimiento.

La aparición de los chicos nos anunciaba la temporalidad. Ya llevábamos una hora o más, y cerrábamos para seguir con nuestras actividades diarias. Ella entonaba su voz y cantaba un mantra en sánscrito que recorría todo mi cuerpo. Este fue un gran regalo que tuve la suerte de recibir en esta etapa de mi vida. Afortunada.

Witches